sábado, 20 de septiembre de 2025

El liderazgo en The Bear, aprendizajes colectivos para la educación

 El liderazgo en The Bear, aprendizajes colectivos para la educación

La serie The Bear (Disney+) ofrece una representación compleja del mundo de la cocina profesional, donde los personajes enfrentan tensiones entre tradición y cambio, caos y organización, jerarquías rígidas y nuevas formas de colaboración. Leída en clave educativa, esta narrativa constituye una metáfora poderosa para pensar el liderazgo en instituciones escolares, especialmente cuando se consideran enfoques contemporáneos como el liderazgo distribuido, el liderazgo pedagógico, el liderazgo extenso y el liderazgo de puertas abiertas.

Liderazgo distribuido, del chef único al equipo que decide

Al inicio, Carmen “Carmy” Berzatto centraliza las decisiones y exige al equipo que se adapte a sus estándares. Sin embargo, rápidamente descubre que la sostenibilidad del proyecto no depende solo de su conocimiento individual, sino de la capacidad del equipo para asumir responsabilidades compartidas. Esta transición refleja el principio del liderazgo distribuido en educación, las instituciones no prosperan con una figura unipersonal, sino con la construcción de un entramado de liderazgos donde cada miembro aporta desde su experiencia y saberes.

En el ámbito escolar, este enfoque se traduce en la apertura a que docentes, coordinadores e incluso estudiantes participen activamente en la definición de proyectos, favoreciendo la autonomía y la corresponsabilidad. Así como en la cocina de The Bear cada integrante encuentra un rol que da sentido al todo, en la escuela el liderazgo distribuido democratiza las decisiones y multiplica los recursos para enfrentar los desafíos a partir de un compromiso colectivo.

Liderazgo pedagógico, la cocina como espacio de aprendizaje

El proceso de reconstrucción del restaurante no se limita a los aspectos técnicos, sino que se convierte en un espacio formativo para todos los integrantes. Carmy impulsa la mejora continua, fomenta la retroalimentación y establece rutinas que permiten aprender de los errores. Estas prácticas son análogas al liderazgo pedagógico en la escuela, donde el directivo o coordinador no solo administra, sino que guía procesos de enseñanza y aprendizaje dentro de la organización.

Un director o coordinador pedagógico, al igual que Carmy, necesita acompañar a los equipos en la construcción de saberes, sostener expectativas altas y proveer condiciones para que cada docente crezca profesionalmente. En ambos casos, el liderazgo se mide no solamente por los resultados inmediatos, sino por la capacidad de generar procesos de aprendizaje colectivo.

Liderazgo extenso, compromiso colectivo y riesgo compartido

Más allá del liderazgo distribuido, The Bear muestra algo más radical, un liderazgo extenso, en el que cada miembro del equipo no solo aporta, sino que se compromete integralmente con la tarea. Aquí, la colaboración no se limita a “ayudar” sino a asumir responsabilidades conjuntas y riesgos compartidos. Todos deciden, todos cargan con el peso de las consecuencias, todos celebran los logros y enfrentan los fracasos.

En el plano educativo, este enfoque desafía las estructuras jerárquicas tradicionales para proponer una conducción más horizontal, donde cada actor de la comunidad escolar se reconoce como parte activa del liderazgo. Se trata de una manera de entender la dirección escolar no como un cargo, sino como una práctica que circula y se expande en la colectividad.

La formación en la especialidad como compromiso del líder

Un elemento destacado en la serie es la inversión del líder en el crecimiento de su equipo, Carmy impulsa a cada integrante a perfeccionarse en su especialidad, incluso destinando recursos propios como dinero, tiempo, herramientas como cuchillos para que otros puedan mejorar. Esta disposición revela un rasgo fundamental de un liderazgo educativo transformador como lo es formar líderes que forman a otros.

En la escuela, esto implica que los directivos y coordinadores promuevan activamente la formación docente, generen espacios de actualización y acompañen los procesos individuales de crecimiento profesional. El liderazgo, en este sentido, no se mide por lo que uno logra solo, sino por lo que posibilita en los demás.

Liderazgo de puertas abiertas, la escuela hacia afuera

La cocina de The Bear no está aislada, dialoga con proveedores, clientes, memorias familiares y redes sociales. Del mismo modo, el liderazgo de puertas abiertas en educación trasciende las fronteras del aula y del centro escolar, vinculando a la institución con su comunidad, el entorno social y las demandas del presente.

La serie muestra cómo los vínculos externos condicionan la dinámica interna, la crítica gastronómica, la relación con el vecindario y los aprendizajes traídos de experiencias pasadas influyen en la identidad del proyecto. En la escuela, este principio se traduce en abrir las puertas a las familias, a la comunidad barrial y a referentes culturales o científicos, de modo que el aprendizaje escolar se conecte con el mundo real y aporte a su transformación.

A modo de síntesis

The Bear permite pensar que un buen líder no es quien controla todo, sino quien organiza, escucha, delega, invierte en la formación de los demás y aprende junto con otros. El paralelismo con la educación muestra que la conducción escolar requiere articular un liderazgo distribuido, que reconoce y potencia múltiples voces; un liderazgo pedagógico, que pone el foco en los procesos de enseñanza y aprendizaje; un liderazgo extenso, que convierte la responsabilidad y el riesgo en patrimonio colectivo y un liderazgo de puertas abiertas, que conecta la escuela con su entorno y la hace parte activa de la comunidad.

Ahora bien, llevar adelante este tipo de liderazgo no es sencillo. Supone atravesar tensiones, discusiones y momentos de conflicto que son parte del proceso. No se trata de decir a todo que sí ni de aceptar automáticamente cada propuesta; hay que analizar alternativas, evaluar condiciones, considerar tiempos y reconocer límites. Habrá decisiones que se puedan tomar con rapidez y acuerdos que surjan con facilidad, pero también habrá cuestiones que demanden más debate, más espera e incluso la necesidad de sostener un no argumentado y respetuoso.

En este sentido, el liderazgo no es complacencia ni una suma de concesiones, sino la construcción de un proyecto común sostenido en el diálogo, la deliberación y la búsqueda de soluciones compartidas. La serie muestra que liderar es, muchas veces, aprender a convivir con la incertidumbre y los desacuerdos, sin perder de vista el horizonte común. Del mismo modo, en la escuela se trata de crear las condiciones para que las diferencias no dividan, sino que enriquezcan el camino colectivo.

En definitiva, The Bear no solo ofrece una trama atrapante; se convierte en un espejo en el que vale la pena mirarse. Para quienes ejercen funciones de conducción y gestión, verla puede ser un ejercicio incómodo, pero necesario; animarse a cuestionar las propias prácticas, reconocer tanto los aciertos como los errores, y dejarse interpelar por aquello que aún falta aprender.

La invitación es a no mirarse “el ombligo” ni quedarse en la autocomplacencia, sino a abrirse al diálogo honesto, escuchar las voces que señalan lo que funciona y también lo que duele o se necesita cambiar. Solo así el liderazgo puede transformarse en una tarea verdaderamente educativa; una conducción que no se aferra al poder de decidir, sino que se compromete con el poder de construir junto a otros.

Ver The Bear con estos lentes puede ser el puntapié para asumir que gestionar y liderar implica exponerse, revisar, corregir y crecer, siempre con la disposición de escuchar lo bueno y lo que incomoda. Porque al fin y al cabo, liderar en educación no es sostener un cargo, sino sostener un proyecto colectivo que se renueva día a día.



Mag. Prof. Marcelo Mónico


miércoles, 30 de julio de 2025

Cuidar no es congelar: desafíos de una educación en movimiento








Cuidar no es congelar: desafíos de una educación en movimiento

Una vez más quedó al descubierto una tensión que atraviesa desde hace tiempo el sistema educativo

uruguayo: la defensa acrítica del statu quo bajo el argumento de “cuidar” la educación. Se alzan discursos

en nombre del resguardo, de la historia compartida y de los derechos conquistados, pero muchas veces ese

resguardo se transforma en inercia, y esa historia compartida se convierte en un argumento para clausurar

cualquier revisión profunda del hacer cotidiano en las prácticas con estudiantes y en las instituciones.


Desde el lugar de quienes asumimos roles de gestión, y por tanto el compromiso de acompañar las

transformaciones necesarias, no podemos dejar de preguntarnos: ¿qué se cuida cuando se rechaza de plano

toda posibilidad de cambio? ¿Quién se protege cuando se impide siquiera debatir ajustes a una estructura

que hace tiempo muestra señales de desgaste? ¿A quién le importan los estudiantes?


El sistema educativo no está en crisis por reformas ni transformaciones, está tensionado porque durante

años se ha evitado abordar con profundidad temas estructurales: la fragmentación de los itinerarios

formativos, la escasa conexión con los intereses y trayectorias reales de los estudiantes, las debilidades en

la formación continua, la rigidez de los modelos de gestión escolar, necesidades que no corresponde atienda

el sistema educativo, entre otros. A estos problemas de fondo, muchas veces se les responde con consignas

cerradas, con negativas automáticas, con el uso de los mecanismos participativos como espacios de trinchera

antes que como verdaderos dispositivos de diálogo.



El encuentro y la participación docente es una instancia valiosa, histórica y necesaria. Pero también es una

herramienta. Su potencia no radica solo en su existencia, sino en el uso que hagamos de ella. Cuando se

convierte en un espacio de veto sistemático a toda propuesta, cuando se niega la posibilidad de preguntarse

si algunas cosas deben cambiar, pierde su sentido pedagógico y político. Participar no es decir siempre que

no. Participar es involucrarse, proponer, mejorar, transformar con responsabilidad. Y eso requiere salir de

la zona de confort.



En múltiples centros educativos del país vemos cómo, año tras año, se reproducen formas de enseñar, de

evaluar y de organizar la vida escolar que no logran incluir ni sostener a miles de estudiantes. Sabemos

que las trayectorias se interrumpen, que las aulas muchas veces no habilitan preguntas significativas, que

el sistema “funciona” para un perfil muy reducido de adolescentes. Y sin embargo, ante cada intento de

revisión, buena parte del discurso se posiciona en el lugar de la defensa de lo dado, como si cambiar fuera

renunciar a lo esencial.



Pero conservar sin revisar no es cuidar. Es inmovilizar. Es dejar de asumir el compromiso ético que

tenemos como educadores: interpelar nuestras prácticas, leer el contexto, abrirnos a otras miradas y asumir

que educar hoy no puede hacerse con recetas de ayer.


No se trata de aceptar cualquier cosa. Se trata de reconocer que necesitamos transformaciones y que éstas

deben hacerse con la participación de todos los actores, sí, pero también con disposición al acuerdo, con

argumentos, con datos, con mirada pedagógica y no solo mirada partidaria. Quedarse en el “no” como

postura permanente no construye. Deslegitima incluso las luchas que sí son necesarias.


Desde una perspectiva de política educativa comprometida con la justicia, el diálogo, y la mejora continua,

es urgente recuperar el sentido de responsabilidad compartida. El rol docente es central en cualquier

transformación, pero no puede ejercerse desde un lugar inamovible. Así como se exige respeto y escucha,

también debe haber disposición a cambiar, a revisar, a proponer caminos nuevos.


La educación merece ser defendida, pero esa defensa no se hace negando el presente. Se hace pensándola

con honestidad, reconociendo sus logros, pero también sus límites. La inacción, en nombre del cuidado,

muchas veces termina siendo abandono. Y no hay mayor injusticia que conservar estructuras que excluyen,

sin siquiera intentar hacerlas más inclusivas, más significativas, más habitables para quienes aprenden y

enseñan cada día.

Habitar la educación desde la gestión es también un acto de coraje. Significa no conformarse con lo que hay

si no responde a las necesidades de hoy. Significa incomodar con preguntas que incomodan. Significa

entender que cuidar no es inmovilizar. Cuidar es transformar con responsabilidad.

¿Evaluamos para incluir o para excluir?

En nuestras aulas, a esta altura del año, muchos docentes plantean que no es extraño encontrar estudiantes de

9º año que no saben escribir con fluidez, que tienen dificultades severas para comunicarse oralmente, que no

logran sostener procesos básicos de aprendizaje, incluso cuestionan (a otros colegas) de cómo hicieron para

llegar. Sin embargo, en lugar de revisar el proceso, las condiciones, los acompañamientos, muchas veces lo

que se propone como salida es que “vayan a examen”, “que no se tenga miedo a decir la palabra examen”.

Pero… ¿un examen hace que una persona aprenda a escribir? ¿Un tribunal corrige la falta de estrategias,

de tiempo, de apoyo, de escucha sostenida en el aula? ¿Qué es lo que evaluamos realmente cuando un

estudiante que no puede siquiera formular una idea es expuesto a una prueba individual, con tiempo

limitado y sin condiciones adaptadas?

Esta lógica, que a veces se justifica bajo el nombre de “exigencia” o “justicia académica”, en realidad

muchas veces actúa como mecanismo de expulsión. No es neutral. No es pedagógica. Y lo más preocupante

es que naturaliza dejar a estudiantes fuera del sistema, con el único argumento de que “no llegan”. Me

cuestiono seriamente y para mí hay una respuesta clara, ¿lo que no logra en el apoyo lo hará con un

examen?

¿Qué pasa con los que no llegan?

Según los informes de la DIEE (Dirección de Investigación y Evaluación Educativa) del CODICEN, los

datos son contundentes: Uruguay sigue teniendo tasas altas de repetición e interrupciones en la educación

básica integrada. Los estudiantes que repiten o que abandonan intermitentemente tienen muchas menos

probabilidades de terminar el ciclo, y aún menos de continuar con éxito la educación media superior. Cada

repetición incrementa el riesgo de desvinculación total.

Los indicadores muestran que hay un punto de quiebre claro: estudiantes que repiten dos veces antes de

terminar 9º año tienen hasta un 70% menos de probabilidades de egresar. El sistema no los retiene, no los

acompaña. Los empuja a irse.

¿Queremos un sistema que solo se quede con quienes pueden adaptarse a sus normas y tiempos? ¿O

queremos una escuela que acompañe, que habilite, que construya otras formas de aprender y de evaluar,

sin perder exigencia pero ganando en justicia?

La verdadera exigencia no es dejar a estudiantes afuera. Es asumir el desafío de que todos aprendan, aún

con trayectorias diferentes, con tiempos diversos, con apoyos específicos. Porque educar no es seleccionar,

es incluir.



Mag. Prof. Marcelo Mónico

El liderazgo en The Bear, aprendizajes colectivos para la educación

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