Cuidar no es congelar: desafíos de una educación en movimiento
Una vez más quedó al descubierto una tensión que atraviesa desde hace tiempo el sistema educativo
uruguayo: la defensa acrítica del statu quo bajo el argumento de “cuidar” la educación. Se alzan discursos
en nombre del resguardo, de la historia compartida y de los derechos conquistados, pero muchas veces ese
resguardo se transforma en inercia, y esa historia compartida se convierte en un argumento para clausurar
cualquier revisión profunda del hacer cotidiano en las prácticas con estudiantes y en las instituciones.
Desde el lugar de quienes asumimos roles de gestión, y por tanto el compromiso de acompañar las
transformaciones necesarias, no podemos dejar de preguntarnos: ¿qué se cuida cuando se rechaza de plano
toda posibilidad de cambio? ¿Quién se protege cuando se impide siquiera debatir ajustes a una estructura
que hace tiempo muestra señales de desgaste? ¿A quién le importan los estudiantes?
El sistema educativo no está en crisis por reformas ni transformaciones, está tensionado porque durante
años se ha evitado abordar con profundidad temas estructurales: la fragmentación de los itinerarios
formativos, la escasa conexión con los intereses y trayectorias reales de los estudiantes, las debilidades en
la formación continua, la rigidez de los modelos de gestión escolar, necesidades que no corresponde atienda
el sistema educativo, entre otros. A estos problemas de fondo, muchas veces se les responde con consignas
cerradas, con negativas automáticas, con el uso de los mecanismos participativos como espacios de trinchera
antes que como verdaderos dispositivos de diálogo.
El encuentro y la participación docente es una instancia valiosa, histórica y necesaria. Pero también es una
herramienta. Su potencia no radica solo en su existencia, sino en el uso que hagamos de ella. Cuando se
convierte en un espacio de veto sistemático a toda propuesta, cuando se niega la posibilidad de preguntarse
si algunas cosas deben cambiar, pierde su sentido pedagógico y político. Participar no es decir siempre que
no. Participar es involucrarse, proponer, mejorar, transformar con responsabilidad. Y eso requiere salir de
la zona de confort.
En múltiples centros educativos del país vemos cómo, año tras año, se reproducen formas de enseñar, de
evaluar y de organizar la vida escolar que no logran incluir ni sostener a miles de estudiantes. Sabemos
que las trayectorias se interrumpen, que las aulas muchas veces no habilitan preguntas significativas, que
el sistema “funciona” para un perfil muy reducido de adolescentes. Y sin embargo, ante cada intento de
revisión, buena parte del discurso se posiciona en el lugar de la defensa de lo dado, como si cambiar fuera
renunciar a lo esencial.
Pero conservar sin revisar no es cuidar. Es inmovilizar. Es dejar de asumir el compromiso ético que
tenemos como educadores: interpelar nuestras prácticas, leer el contexto, abrirnos a otras miradas y asumir
que educar hoy no puede hacerse con recetas de ayer.
No se trata de aceptar cualquier cosa. Se trata de reconocer que necesitamos transformaciones y que éstas
deben hacerse con la participación de todos los actores, sí, pero también con disposición al acuerdo, con
argumentos, con datos, con mirada pedagógica y no solo mirada partidaria. Quedarse en el “no” como
postura permanente no construye. Deslegitima incluso las luchas que sí son necesarias.
Desde una perspectiva de política educativa comprometida con la justicia, el diálogo, y la mejora continua,
es urgente recuperar el sentido de responsabilidad compartida. El rol docente es central en cualquier
transformación, pero no puede ejercerse desde un lugar inamovible. Así como se exige respeto y escucha,
también debe haber disposición a cambiar, a revisar, a proponer caminos nuevos.
La educación merece ser defendida, pero esa defensa no se hace negando el presente. Se hace pensándola
con honestidad, reconociendo sus logros, pero también sus límites. La inacción, en nombre del cuidado,
muchas veces termina siendo abandono. Y no hay mayor injusticia que conservar estructuras que excluyen,
sin siquiera intentar hacerlas más inclusivas, más significativas, más habitables para quienes aprenden y
enseñan cada día.
Habitar la educación desde la gestión es también un acto de coraje. Significa no conformarse con lo que hay
si no responde a las necesidades de hoy. Significa incomodar con preguntas que incomodan. Significa
entender que cuidar no es inmovilizar. Cuidar es transformar con responsabilidad.
¿Evaluamos para incluir o para excluir?
En nuestras aulas, a esta altura del año, muchos docentes plantean que no es extraño encontrar estudiantes de
9º año que no saben escribir con fluidez, que tienen dificultades severas para comunicarse oralmente, que no
logran sostener procesos básicos de aprendizaje, incluso cuestionan (a otros colegas) de cómo hicieron para
llegar. Sin embargo, en lugar de revisar el proceso, las condiciones, los acompañamientos, muchas veces lo
que se propone como salida es que “vayan a examen”, “que no se tenga miedo a decir la palabra examen”.
Pero… ¿un examen hace que una persona aprenda a escribir? ¿Un tribunal corrige la falta de estrategias,
de tiempo, de apoyo, de escucha sostenida en el aula? ¿Qué es lo que evaluamos realmente cuando un
estudiante que no puede siquiera formular una idea es expuesto a una prueba individual, con tiempo
limitado y sin condiciones adaptadas?
Esta lógica, que a veces se justifica bajo el nombre de “exigencia” o “justicia académica”, en realidad
muchas veces actúa como mecanismo de expulsión. No es neutral. No es pedagógica. Y lo más preocupante
es que naturaliza dejar a estudiantes fuera del sistema, con el único argumento de que “no llegan”. Me
cuestiono seriamente y para mí hay una respuesta clara, ¿lo que no logra en el apoyo lo hará con un
examen?
¿Qué pasa con los que no llegan?
Según los informes de la DIEE (Dirección de Investigación y Evaluación Educativa) del CODICEN, los
datos son contundentes: Uruguay sigue teniendo tasas altas de repetición e interrupciones en la educación
básica integrada. Los estudiantes que repiten o que abandonan intermitentemente tienen muchas menos
probabilidades de terminar el ciclo, y aún menos de continuar con éxito la educación media superior. Cada
repetición incrementa el riesgo de desvinculación total.
Los indicadores muestran que hay un punto de quiebre claro: estudiantes que repiten dos veces antes de
terminar 9º año tienen hasta un 70% menos de probabilidades de egresar. El sistema no los retiene, no los
acompaña. Los empuja a irse.
¿Queremos un sistema que solo se quede con quienes pueden adaptarse a sus normas y tiempos? ¿O
queremos una escuela que acompañe, que habilite, que construya otras formas de aprender y de evaluar,
sin perder exigencia pero ganando en justicia?
La verdadera exigencia no es dejar a estudiantes afuera. Es asumir el desafío de que todos aprendan, aún
con trayectorias diferentes, con tiempos diversos, con apoyos específicos. Porque educar no es seleccionar,
es incluir.
Mag. Prof. Marcelo Mónico
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